Cuando la violencia nos delata

No tenemos datos criminológicos ni somos expertos en conducta social, pero la violencia que sacude este país nos habla con una claridad espeluznante. Agosto fue un mes que escalofría: apenas cuatro días bastaron para sumirnos entre el horror y la incredulidad por la pérdida de nueve vidas, incluyendo cuatro niños. Eso no es estadística: es una herida abierta en el rostro de nuestra sociedad.

La violencia no surge de la nada. Es un monstruo alimentado por desigualdades, traumas acumulados, silencios cómplices y un tejido social desgarrado. A veces nos resistimos a creerlo, pero cada crimen sucesivo reafirma que estamos rompiendo desde dentro.

Casos como los que vimos en Los Guandules: una niña de siete años asesinada por quienes debían protegerla; o el anciano que perdió la vida por no entregar 200 pesos; o ese frente al tribunal donde un testigo fue silenciado de modo brutal: son escenarios sacados de una pesadilla que ya no admite justificaciones.

Y luego están otros actos que nos petrifican aún más: una madre que envenena a sus propios hijos y luego se quita la vida; un padre obedeciendo voces imaginarias que lo empujan a asfixiar al hijo menor de dos años; un pariente que descuartiza a su hermana por conflictos que nadie entendería; una joven violada por seis vecinos cuyos rostros aparecen en redes, generando más indignación que la justicia.

No hay distancia social que justifique esto. No se trata de un problema de algunos: es el síntoma más grave de una sociedad que ha normalizado el horror. Mientras la convivencia se basa en heridas sin sanar, nuestras instituciones despiertan tarde y sin respuestas transformadoras.

Lejos de ser hechos aislados, estos episodios son ecos de un sistema social fragmentado. Nos gritan que algo en el fondo está roto. Que no es suficiente con lamentarse en titulares: necesitamos soluciones integrales, que salgan de la letra fría de la ley y entren en el terreno de lo humano, de la reparación social, de la prevención real.

O actuamos con inteligencia emocional, psico-social y política, o seguiremos enterrando vidas y sueños en un pantano que se extingue sin conciencia.

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