La farsa nocturna de los giros prohibidos

Es evidente que las buenas ideas solo funcionan cuando hay autoridad y voluntad real. Desde el día, la medida de prohibir los giros a la izquierda en puntos estratégicos de la ciudad ha sido respetada, salvo por aquellos motores indomables que siempre desafían las normas. Pero apenas cae la noche, y los agentes de la Digesett se retiran, el orden desaparece como por arte de magia.

Y no hablamos de un descuido menor: es una manifestación clara de que en este país la obediencia por el bienestar común se desdibuja cuando la autoridad se ausenta. Esa cultura del “haz lo que quieras si nadie te ve” que algunos han cultivado con tanto esmero, convierte hasta las disposiciones más razonables en meras sugerencias.

¿Y la autoridad? Pues parece más bien una promesa incumplida. Cuando no están, las intersecciones se transforman en zonas liberadas donde reina la anarquía urbana. ¿No se han percatado en la Digesett o el Intrant de esta flagrante desobediencia? Implementar medidas y luego abandonarlas es lo mismo que no hacer nada. Es como pintar un letrero de “alto” sin detener el caos permanente.

El resultado es una combinación mortal que mantiene al país como “líder” en el ranking de muertes por accidentes de tránsito. Y no por falta de propuestas, sino por falta de rigor, presencia y autoridad efectiva. Mientras permitamos que nuestras normas mueran con el sol, estaremos condenados a repetir este mismo desastre nocturno una y otra vez.

Es hora de dejar de lado la tolerancia cómplice. Ordenar bien el tránsito no es un lujo: es una exigencia para preservar vidas.

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